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Jul (2020)/Ago 2020


Economía

El mundo que viene para la producción rural argentina, de Tucumán y del NOA

Pasaron algo más de ocho meses desde que se identificó por primera vez el coronavirus en el mundo (diciembre de 2019 en la República Popular China), y casi cinco meses desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) la reconoció como pandemia global (marzo de 2020) tras los estragos sanitarios causados en todo el mundo. La enfermedad, sumamente contagiosa y mortal, cambió de golpe la “normalidad” en la que vivíamos debido a que, para prevenir contagios, se hizo necesario hacer hincapié en el distanciamiento social, el autoaislamiento y la higiene frecuente de manos, el uso de barbijos o tapabocas para circular. El coronavirus provocó además -entre otras cosas-, un fuerte impacto socioeconómico global debido a las medidas adoptadas por los gobiernos para evitar su propagación; por ende, afectó la economía de los países, sus sistemas productivos y la vida de sus ciudadanos.

Revista PRODUCCION: El mundo que viene para la producción rural argentina,  de Tucumán y del NOA
 

Al respecto, Revista PRODUCIÓN consultó al reconocido economista y docente universitario, Gustavo Federico Wallberg, sobre cómo repercutió específicamente la lucha contra el Covid-19 en la agroindustrial de la provincia, las perspectivas del sector rural de cara al 2021, y lo que deberían hacer los Estados (Nacional y Provincial) para dinamizar a las distintas actividades productivas en el nuevo y receloso contexto mundial.
- El sector agrícola-ganadero argentino es uno de los motores del país. ¿Cree que hoy es el más importante en la generación de recursos en medio de la pandemia?
Sin dudas es el más importante en el presente. En primer lugar, como desde hace décadas, por su productividad. En segundo lugar, por ser el menos afectado por el cese de tareas debido a la cuarentena. Y en tercer lugar porque pese a la recesión de todas las economías y las tendencias al cierre de fronteras la necesidad internacional de productos agropecuarios sigue existiendo. Por eso será importante también en la transición poscuarentena y pospandemia. Aunque los precios no luzcan como los de hace quince años, la demanda internacional renacerá.
- ¿Cree que el gobierno nacional apoya o perjudica al campo con sus políticas?
Lo perjudica. Se aprovecha de su productividad para cargarlo con tributos, lo que se advierte sobre todo (aunque no es lo único) en las retenciones a las exportaciones, que implican un precio del dólar muy bajo para el sector. En el corto plazo actuar así tal vez le sirva al gobierno, pero a largo plazo le puede jugar en contra ya que desincentiva las inversiones y con ello todo el avance económico vinculado a las actividades relacionadas con la agroindustria.
En la actitud oficial hay tanto apuro como ignorancia. El apuro es por la necesidad de recursos, debida a la mala estructura del Estado. El gasto excesivo e ineficiente hace que la mala salud de las cuentas públicas sea una constante. Como no hay voluntad política para medidas de fondo, que apunten al largo plazo, con cuentas sanas (siguiendo las disposiciones de la Constitución Nacional) se caza en el zoológico. La ignorancia tiene mucho que ver con prejuicios ideológicos pero también con falta de experiencia de vida. Buena parte de los dirigentes políticos nacionales son profesionales urbanos, de hecho profesionales de la política, que han trabajado poco en actividades productivas. Su especialidad han sido más bien las tareas de redistribución de recursos y no de generación de recursos. Eso por sí mismo no es necesariamente malo, pero como el sistema electoral es ineficiente no les llegan las necesidades de los sectores productivos, mucho menos de los vinculados a lo agropecuario, y entonces se encierran en un microcosmos. Podrían salir de allí si la ideología les permitiera siquiera ir a eventos como la Exposición Rural en Palermo, ya que piensan con un estilo porteñista, y darse con algunas muestras de la dinámica del sector, en maquinaria, genética o técnicas de administración, cultivo y crianza, como para al menos preguntarse cómo se desempeña y dudar de la errada caracterización de rentista.
- En Tucumán hay sectores agroindustriales muy pujantes, como el citrícola y el azucarero -que en los últimos años fue reconvertido a sucroalcoholero-. ¿Qué cree que le hace falta a estos sectores para que sean actividades rentables y no haya un año bueno y otro malo (sacando el tema del clima)?
Los dos sectores tienen realidades estructurales diferentes, aunque los términos generales de lo que deben cuidar tal vez se parezcan.
La citrícola es una actividad competitiva, y la mayoría de las regulaciones que tuvo en el país en general fueron las fitosanitarias. Eso tuvo mucho que ver con su inserción en el mundo.
La situación del azúcar es muy diferente. En primer lugar el mercado internacional es de excedentes y eso influye mucho en la variabilidad de los precios, algo que es incontrolable. En segundo lugar, las regulaciones internas perjudicaron mucho su eficiencia. No necesariamente en lo técnico, pero sí en lo económico. Eso incluye la pérdida durante mucho tiempo de capital humano emprendedor, ya que era más rentable ser buen lobista que empresario. Y tras la desregulación de 1991 las soluciones para lograr al menos estabilidad en los precios domésticos pasaron (y siguen pasando) por acuerdos y normas que violan la ley nacional de defensa de la competencia. Que nadie se anime a plantear eso formalmente es otra historia, pero como fuere, es lamentable que el sector se mantenga gracias a conductas ilegales.
En cuanto a cómo actuar, tal vez los propios integrantes de los sectores lo sepan mejor que nadie y las acciones que desarrollan y muestran. Para lo citrícola, la atención a la calidad de la fruta y su industrialización todavía son los caminos imprescindibles y eso se hace. Para el azúcar, volver a atender la alternativa del combustible parece lo adecuado, aunque por supuesto que no alcanza sólo con la acción local. Hay que continuar con los intentos de influencia en las autoridades nacionales en busca de un marco legal adecuado, que incluye no depender de arbitrios de funcionarios.
Pero un elemento debe cuidarse para el azúcar en particular. Cuando el factor de variabilidad es la oferta (el mercado de excedentes mencionado antes) tal vez haya que apuntar a la demanda. Y aquí hay perspectivas contradictorias que deberían tratarse con cuidado para ver cómo resolverlas. Por una parte, el consumo de azúcar sigue al Producto Interno Bruto per cápita. Esto es porque en una sociedad pobre los alimentos azucarados son un lujo, o al menos no son imprescindibles. En cambio, cuando mejora el pasar económico lo azucarado, como las golosinas, son parte de lo cotidiano. Por lo tanto puede pensarse en la integración en cadenas de producción y comercialización de alimentos azucarados apuntando a mercados de poder adquisitivo creciente. El problema es que en los últimos años, y justamente en esos mercados, se está considerando que hay exceso de consumo de azúcares, y tanto por estética como por salud hay campañas que implican la reducción de la demanda por azúcar.
En resumen, así como estar atentos a la diversificación puede ser un buen camino en todas las actividades (y que incluso los subproductos terminen siendo lo principal), resolver la cuestión de la presión negativa contra el consumo de azúcar es un punto importante al menos para el mediano plazo. Es dudoso que sea una cuestión relevante en estos tiempos cuando, y con razón, la atención general seguramente estará en cómo salir de la recesión.

Fabían Seidán

Portada de la Edición correspondiente a esta nota Esta nota fue publicada en la página Nº 22 de la edición en papel de la revista de Julio (2020) / Agosto 2020.
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